Ralito, la república del olvido (Meridiano de Córdoba)

Santa Fe Ralito, Tierralta. Tres cosas recuerdan que Santa Fe Ralito y sus alrededores fue zona de ubicación para las negociaciones de paz Gobierno-Autodefensas: los hijos del proceso; el temor constante de los habitantes porque la guerrilla, dicen, la tienen durmiendo a cinco horas de camino; y los corridos prohibidos invocando a los ‘paracos’, que se escuchan en las pocas cantinas que sobreviven en las poblaciones.

Por Ginna Morelo Martínez

Patrullero en Ralito. Foto SEMANA

Las tres consideraciones impactan de entrada. Por lo demás, estas poblaciones de la zona rural de Tierralta, ubicadas al sur del departamento, lucen igual o peor que otras de Córdoba. El abandono se apoderó de ellas, el olvido por parte del Estado es el único compañero fiel y el conformismo de sus habitantes, vestido de desesperanza, no permite siquiera levantar la voz para recordar algunos de los compromisos que ni el Presidente ni el Comisionado de Paz ni el Gobernador ni el Alcalde de la localidad cumplieron.

Los hijos del proceso

Clara María*, quien reside en Viviano, una vereda ubicada cerca de Ralito, observa correr a su pequeño Andrés*, que dentro de dos meses cumplirá dos años de edad, con la mirada de una madre desconsolada.

El niño le recuerda el amor y la burla, la alegría y el dolor que vivió al lado de uno de los tantos desmovilizados que el 1º de julio de 2004 entregó su arma en Ralito y se dispuso a gozar de la civilidad que recién estrenaba. Su reincorporación a la sociedad le llegó cargada de capacitaciones y orientaciones que poco le sirvieron a la hora de satisfacer sus deseos sexuales.

Clara María, de 16 años, no tan ingenua, cayó en la trampa de un amor que ella decidió ver como una buena oportunidad para salir del pueblo. Lo único que le quedó fue un hijo. Su compañero temporal salió un día a buscar la ayuda humanitaria de 458 mil pesos que le otorgó el Gobierno Nacional por dos años, y jamás volvió.

Ella decidió creer lo que le dijeron, que el joven de 22 años se había enrolado con los nuevos grupos que delinquen en el Alto Sinú, algo que se ha vuelto común en Córdoba y en otras regiones del país y que el Gobierno y la Fuerza Pública niegan insistentemente. El tema ni siquiera es mencionado en su humilde vivienda. A su madre evidentemente le molesta tener que enfrentar la triste realidad de que por el embarazo, a tan temprana edad, la hija tuvo que abandonar los estudios de décimo grado que realizaba en un colegio de la localidad.

La muchacha, al igual que unas 50 jovencitas, fueron asistidas y censadas por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf) con sede en Tierralta, y atendidas en el puesto de salud del Caramelo y en el hospital municipal San José, a donde acudieron para dar a luz a quienes hoy son llamados con desdén: los hijos del proceso.

Una de las enfermeras del que fuera el Centro de Atención Médica de Urgencias (Camu) del Caramelo, y que terminó convertido en un puesto de salud más porque al irse los ‘paras’ se desmantelaron los costosos equipos de cirugía y aparatos de laboratorio, perdió la cuenta de las chicas de la zona de ubicación que llegaban mes tras mes, llevando bajo su brazo la tarjeta en la que marcaban el número de semanas de embarazo, y cargando en sus conciencias el precio de un error que solo el tiempo sanará.

El puesto de salud, de capa caída, con la pintura desgastada y una fachada que otrora era una de las más llamativas del Caramelo, las acogía con su cuerpo médico que hoy añora las épocas de bonanza. Aquellas en las que los jefes ‘paras’ mandaban comprar medicamentos por montón y traer a reconocidos galenos de Montería y Bogotá para atender a los heridos de la guerra y para hacer una que otra cirugía estética.

“Antes las AUC nos daban la mano, ahora dependemos del Hospital San José de Tierralta, el cual nos debe dos meses de sueldo”, se lamenta Alejandro Echavarría, bacteriólogo del puesto de salud del Caramelo.

 

El vecino, el miedo

Al irse los paras llegó un nuevo vecino: el miedo. Por lo menos así lo dejan ver los rostros de los miembros de cinco familias que huyeron de San Felipe-Cadillo, vereda ubicada a cinco horas de distancia de Santa Fe Ralito, quienes aturdidos lo abandonaron todo en febrero pasado luego de que la guerrilla les asesinara a un primo.

Wilberto Díaz, Germis Pacheco Vargas, Yulemis Díaz Vargas y Claris del Carmen Vargas, algunas de las voces adultas del grupo, abandonaron las esperanzas de una tierra que se vistió de paz a punta de sangre, para engrosar la lista de desplazados que no para de crecer en Colombia.

De ‘carambola’ encontraron un techo en buen estado para atrincherarse. La Policía de Santa Fe Ralito los acomodó en la que fuera la casa de Rodrigo Mercado Peluffo, alias ‘Cadena’. Los costosísimos muebles estilo Luis XV que hace tres años decoraban la vivienda se esfumaron, y ahora las hamacas, colchonetas y un kit de cocina, donaciones hechas por Acción Social de la Presidencia de la República, es todo lo que hay en la enorme casa construida con madera de roble.

Marta Berrío, la maestra de la Institución Educativa Los Volcanes, asegura que “todo cambió para mal. Antes había seguridad, era un hecho. Ahora volvieron los robos y conflictos menores. Ahora reina la incertidumbre porque cada cierto tiempo el rumor de que la guerrilla está cerca nos ha obligado a acostarnos más temprano todos los días”.

En la casa del desmovilizado Salomón Feris Chadid, más conocido como 08, el miedo hace parte de las conversaciones diarias de sus empleados. “Ya no estamos tan seguros”, dice Elkin Rafael Bettín Oviedo, un desmovilizado discapacitado que ayuda en las labores de la cocina.

La seguridad en la zona la prestan 15 policías que tienen el puesto de control en Ralito, desde donde parten todos los días a realizar rondas en Caramelo, Volcanes y otras poblaciones. Una ayuda extra se las proporcionan 70 desmovilizados que conformaron una red de apoyo en comunicaciones, patrocinada además por el Ejército, “prohibido llamarla red de cooperantes porque no tienen armas”, me advierte un agente de la Policía.

 

¿Por dónde salir?

Si la desgracia decidiera apoderarse de Santa Fe Ralito, Caramelo y Volcanes -qué más tragedia que el olvido del Gobierno y de todo un país- otro problema les recuerda a sus habitantes que nacieron para quedarse y morir incomunicados en esta zona del departamento.

Los 28 kilómetros de carretera que hay desde la vía pavimentada hasta Ralito son los más eternos del mundo por el pésimo estado en que se encuentran. Ni el carro de la cerveza, ese que en televisión aparece hasta en las poblaciones más apartadas de Colombia, pasa de Volcanes en esta temporada de invierno. Los políticos, dados sus intereses electoreros, llegan cargados de publicidad con la consabida promesa de que si los eligen pavimentarán la vía. “Ya nadie les cree”, comenta el dueño del único granero que subsiste en Ralito. Las demás tiendas cerraron porque se acabaron los compradores.

Justo en estos momentos, recursos por el orden de los 450 millones de pesos, otorgados por el Gobierno Nacional a través de Acción Social, se han invertido en la construcción de 20 puentes, que a juicio de veedores de la zona, han resultado bastante costosos.

“Esa es la única inversión que nos dejó el hecho de haber sido sede del proceso, por lo demás aquí solamente ejerce alguna presencia la OEA”, asegura Samuel Brunal Meza, quien cuida la sede de la organización en Volcanes.

La OEA desarrolla programas de conciliación que han pretendido cambiarle el comportamiento a los habitantes de la zona de ubicación, ya que estaban acostumbrados a buscar a los ‘paras’ para solucionar los conflictos por la vía menos pacífica. “Los resultados sí se han visto. Ya no se escucha la frase ‘vamos donde El Diablo a resolver ese problema'”, comenta sonriente Samuel.

 

Se vende

Una hectárea de tierra llegó a costar en la zona de ubicación hasta 15 millones de pesos. El precio ha bajado a ocho millones y hasta menos. Así lo aseguran algunos habitantes que tienen sus parcelas en la zona y que quieren largarse cuanto antes, porque ya no vale la pena vivir en un terreno olvidado por buenos y malos.

En el Caramelo las pintorescas casas de madera adornadas con plantas y cubiertas por la sombra de enormes árboles, que le dieron un toque de familiaridad a la población que acogió a propios y extraños durante el proceso, también se encuentran en venta.

La única que luce como si no le hubiese pasado el tiempo es la propiedad de la ex representante Eleonora Pineda Arcia, quien está detenida en la cárcel El Buen Pastor por el proceso de la parapolítica. Jorge, el muchacho que cuida la vivienda, dice que “todo sigue y seguirá igualitico esperando a la patrona, con quien hablo a cada rato. ¿Le doy su número pa’que la llame..? lo puede hacé al medio día. A ella la pasan”.

En efecto, la ex política se acogió a sentencia anticipada, “porque aspiro a regresar a mi tierra muy pronto”, me dijo.

Mientras ella quiere volver, otros no le apuestan a regresar jamás, como Adolfo Arrieta Arrieta, el dueño de la estación de gasolina ubicada cerca de la casa de ‘Cadena’. En la temporada alta, cuando un sinnúmero de camionetas Ford tipo platón hacían cola para tanquear en la única gasolinera de la localidad, lograba recaudar hasta cinco millones de pesos. Al acabarse el proceso, al irse los ‘paras’, el Ejército y el Gobierno, las ventas no superaban los 500 mil pesos. Cerró. No le quedó otra opción.

Las prostitutas del pueblo también se fueron cargando sus pesares y enfermedades. Cuando la bonanza de hombres y dinero, asistían cada ocho días a consulta en el Camu del Caramelo, después, como no había clientes, se descuidaron… hasta rumores de Sida llegaron a correr por laspoblaciones.

La zona de ubicación, aquella en la que la música y el ron hacían escándalo y estragos todos los fines de semana, se apagó lentamente. Algunos corridos prohibidos que hacen alusión a temidos narcotraficantes y ‘paracos’, que para el caso de lo que había en la región era lo mismo, suenan tímidos en algunas esquinas de Ralito.

Las letras de canciones que describen hombres fuertes dispuestos a hacer suyo lo de otros y a quedarse en tierras ajenas, son simples recuerdos de lo que padecieron los pobladores de la zona de ubicación, contradictoriamente con alegría y esperanza.

Con la desmovilización creyeron en el Estado legalmente constituido. Con la soledad y la sensación de no haber sido importantes en el concierto nacional, hoy se sienten habitatantes de la república del olvido.

 

Publicado en El Meridiano de Córdoba 9/09/2007