Los destinos cruzados del conflicto urbano en Barranca

Estas son tres historias sobre la violencia y la memoria en el puerto petrolero y capital de la región del Magdalena Medio. La historia del Parque Camilo Torres y los testimonios de víctimas de las comunas 5 y 6 dan luces sobre el Acuerdo de Víctimas de La Habana.

memoria barranca 1El Parque Camilo Torres Restrepo está justo en el barrio Gómez Galán, sobre la Avenida del Ferrocarril. Desde mediados de los años sesenta es un sitio para la memoria de los movimientos sociales del puerto petrolero, que desde entonces han exigido el respeto por los derechos humanos. Foto: José Adolfo Bernal.Quien compre un tiquete de flota para llegar a Barrancabermeja, Santander, por lo general recibe un consejo: ¡quédese en El Descabezado, que desde ahí es más fácil movilizarse! ¿Descabezado? Coloquialmente mucha gente llama así al Parque Camilo Torres, en el corazón de la Avenida del Ferrocarril.

A lo largo de esa vía se forma una hilera de taxis que esperan el descargue de los buses para transportar a pasajeros que, por ejemplo, vienen desde Bucaramanga después de recibir atención médica especializada. “No se llama ‘El Descabezado’; se llama Camilo Torres”, corrige un conductor de una de las empresas de bus. Los foráneos preguntan por qué el ‘apodo’ al lugar; un turista probablemente no lo haga por miedo.

Pese a su pujanza como puerto petrolero, Barrancabermeja carga el peso de un pasado violento: secuestros, extorsiones, asesinatos y reclutamientos de la guerrilla en los años setenta y ochenta; desplazamientos, masacres y desapariciones de los paramilitares en los años noventa y el rearme de bandas criminales más recientemente.

Por todo ello, el Parque Camilo Torres es para las organizaciones sociales un lugar para la memoria histórica, con un sentido de transformación. En eso coinciden tres líderes sociales y defensores de derechos humanos que son testigos de la historia de este lugar, restaurado de a poco por iniciativa de las mismas comunidades, pero olvidado por las administraciones de turno. Los árboles siguen en pie; pero no hay un solo rastro de césped.

Marco Tulio Aguirre, integrante de la Veeduría Integral de Barrancabermeja y líder social desde hace cuatro décadas, relata que el parque tiene sus orígenes en 1964 cuando el cura Camilo Torres era capellán de la iglesia.

“Él llega a plantear un sermón muy distinto. Desde el púlpito se quejaba del gobierno, cuando entonces era la época del Frente Nacional [1958-1974], cuestionaba la situación que había en el país y acompañaba a los obreros. Es cuando comienza ser conocido por estudiantes y sindicalistas”, recuerda Aguirre.

El padre Camilo Torres fue promotor de la Teología de la Liberación, de la primera Facultad de Sociología de América Latina y guerrillero del Ejército de Liberación Nacional (Eln). Se dedicó a los estudios socioeconómicos y propuso el Frente Unido, un movimiento de oposición a la hegemonía liberal o conservadora que buscaba atender las necesidades de las zonas rural y urbana. Cuando Aguirre era un adolescente recuerda que el sacerdote se subía al balcón de una de las casas del barrio para explicar estas ideas.

En 1968, el barrio, ya formado por unas 498 casas, no tenía nombre. Aguirre narra que Luisa Piña, la primera líder comunal y concejal de Barrancabermeja, convocó a los habitantes para bautizar el poblado. Las opciones eran dos: Mario Galán Gómez, en reconocimiento al entonces Presidente de Ecopetrol que promovió la construcción de las viviendas; y el padre Camilo Torres, quien dos años fue asesinado y se consagró como un líder de los movimientos sociales del país. La primera opción ganó, pero la comunidad coincidió que el parque proyectado al frente debía llevar el nombre y un busto del inmolado.

Francisco Campo, dirigente social y defensor de derechos humanos, cuenta que antes de ser un parque el lugar era conocido como la Plazoleta de La Victoria. Por eso lo que puede verse en la estructura de cemento como un signo de ‘chequeado’ o ‘visto bueno’ en realidad es una ve trunca que hace alusión a la victoria. Marco Aguirre agrega que ésta hace referencia a una frase de Torres con la que reiteraba que la “victoria de los pobres está inconclusa”.

Tras los tiempos en que Torres congregaba a comunidades vulnerables en el barrio, Campo recuerda que desde los años setenta el parque se convirtió en un sitio de encuentro de la población como “un grito de rebeldía de la movilización social”, un lugar de “pensamiento alternativo” y un espacio “para la conciencia de Barrancabermeja por la transformación”.

El parque fue escenario del Paro Cívico por el Agua en 1985, del Paro Cívico del Nororiente Colombiano en 1987, del desarrollo del Bazarte, un evento popular para la promoción de la cultura, del nacimiento del Polo Democrático Alternativo y de múltiples manifestaciones de los movimientos campesinos y estudiantiles.

Sonia María Nevado, abogada de varios movimientos sociales, indica que en los años ochenta el parque fue protagonista de La esquina del arte, una iniciativa en la que artistas populares de Barrancabermeja tenían la oportunidad de compartir sus creaciones y propuestas culturales. A mediados de la siguiente década, el parque también acogió las movilizaciones de la Organización Femenina Popular (OFP), que el 25 de cada mes, en conmemoración del Día de la no violencia contra la mujer (que oficialmente es el 25 de noviembre de cada año) denunciaba las violaciones cometidas contra las mujeres, exigiendo verdad, justicia y reparación.

Marco Tulio, Francisco y Sonia recuerdan que este lugar de la memoria intentó ser arrasado a finales de la década del noventa, cuando los paramilitares del Bloque Central Bolívar de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) llegaron al puerto petrolero. El busto que representaba la figura de Camilo Torres recibió un disparo y terminó de desmoronarse luego por la acción de una granada.

“Por eso es que desde entonces la gente comenzó a llamar al parque ‘El descabezado’”, dicen. Pero Sonia Nevado considera que tal intención de borrar la memoria generó un efecto contrario: “a pesar de que no nos gusta que le digan así al parque, lo que hicieron es que la gente le llame más la atención y pregunten por qué le tienen ese nombre”.

Diez años después de lo ocurrido, tras la desmovilización de las Auc en el año 2006, la comunidad decidió que era hora de reparar el parque. Aguirre cuenta que las Juntas de Acción Comunal de los barrios Galán, Torcoroma, Pueblo Nuevo, Parnaso, Uribe Uribe, Simón Bolívar y Olaya Herrera se unieron para exigirle a la Alcaldía que reparara el monumento con aquellos recursos que estaban asignados para el funcionamiento de las juntas comunales.

Para Sonia Nevado, el parque sigue en pie, pero otros lugares y encuentros de los movimientos sociales han sido borrados de a poco, por decisiones políticas no consultadas con la comunidad o porque fueron cerradas, tales como las canchas Shannon, Rivaluz y la Bombonera.

En la actualidad, estos lugares fueron reemplazados por el por el Centro Comercial Iwaná [El Éxito], el Centro Comercial San Silvestre y el Monumento a Pipatón, de forma respectiva. Aunque sobre varios movimientos sociales pesa el estigma de comulgar con ideas de izquierda, Nevado asegura que el nombre de Camilo Torres es representativo para el parque y los habitantes porque hace parte de la “decisión de insistir, persistir y resistir”.

Ahora en pleno proceso de negociación con las Farc, y a la espera de la apertura de la mesa con el Eln, y cuando el gobierno anuncia tiempos de posacuerdo, Francisco Campo cree que “el parque siempre va a estar esperando a que los luchadores y dirigentes alternativos lleven a su seno grandes propuestas de transformación”. De Barrancabermeja fueron desplazadas 36 mil 670 personas desde 1985 a la fecha actual y recibió otras 57 mil 833 personas expulsadas de otros municipios por la violencia, según el Registro Único de Víctimas (RUV). Este municipio y el río Magdalena fue testigo de por lo menos 15 masacres en las que varias víctimas siguen aún desaparecidas. (Ver datos de desplazamiento).

Aguardando ‘La Esperanza’

memoria barranca 3Imágenes históricas del sepelio de las cinco personas asesinadas el 24 de enero de 1992 en la masacre de El Tropezón, en el barrio La Esperanza, de Barrancabermeja. Las familias siguen esperando verdad sobre los perpetradores de estos crímenes. Fotos suministrada.El nombre de este barrio de la Comuna 5 en Barrancabermeja parece un designio. Han pasado 24 años desde la masacre de El Tropezón, un famoso billar del barrio, y las familias guardan la esperanza de que algún día habrá verdad sobre aquellos hechos que le arrebataron la vida a cinco personas, fracturaron familias y le quitaron la tranquilidad al poblado.

Richard Marcel Álvarez Ahumada es hermano de Carlos Alberto, el joven que murió después de recibir un disparo mientras conversaba con los vecinos en una esquina, diagonal al billar. Tenía entonces 22 años. Su sueño de ser Ingeniero de Sistemas fue truncado. Asegura que difícilmente puede imaginar qué haría si viera a los ojos a los asesinos de su hermano.

Perdonar es difícil, reconoce Richard, y está convencido que el proceso de paz no se limita a la firma de un documento y que supera la reconciliación entre víctimas y victimarios: “La reconciliación es querer trabajar, salir adelante y construir un país mejor para nuestros hijos. Es más un proceso interno, muy personal. Es qué quiero hacer por mi país, y cómo transformar mi vida”.

El Acuerdo de Víctimas logrado en La Habana con la guerrilla de las Farc propone la implementación de un Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y Garantías de no repetición. La verdad es fundamental en lo acordado y Álvarez considera que las familias tienen derecho de acceder a ella. En dos décadas, el proceso de su hermano pasó por tribunales y lo que estos concluyen es que fue responsabilidad del Estado. Así, de forma general, sin nombres propios.

Como consta en los documentos de los procesos judiciales, dos testigos que pertenecían a la Red de Inteligencia número 7 de la Armada Nacional aseguraron en un primer momento que los responsables de la masacre eran integrantes de dicha Red, que su vez contaban con “un grupo de exterminio que planeó y ejecutó el asesinato de varias personas en Barrancabermeja”. El Ministerio de Defensa negó tales afirmaciones, asegurando que los testigos buscaban desprestigiar a la institución. Tiempo después los testigos se retractaron explicando que habían recibido dinero para hacer un montaje y afectar la institución.

Quienes han realizado un proceso juicioso de documentación son las familias, que hacen parte de la Asociación Regional de Victimas del Magdalena Medio (Asorvimm) y algunos integrantes de la comunidad que participaron de un Diplomado en Derechos Humanos y Memoria Histórica, realizado en 2013 por el Espacio de Trabajadoras y Trabajadores de Derechos Humanos. Este ejercicio produjo un documento que reconstruye lo ocurrido aquel 24 de enero de 1992.

Eran las 9 y 30 de la noche cuando Gustavo Rojas, José Dolores Silva y Humberto Canchila Atencia jugaban billar y conversaban sobre la posibilidad de inaugurar una cancha de fútbol en el barrio. A la misma hora, Pablo Emilio Pinto llegó a comprar una Pony Malta, la típica bebida que tomaba antes de dormir. En la esquina estaba Carlos Alberto Álvarez Ahumada conversando con varios amigos.

En medio de gritos tildando a los presentes de “guerrilleros”, varios hombres que se movilizaban en  dos camionetas color gris dispararon a diestra y siniestra. Rojas, Silva, Canchila, Pinto y Álvarez fueron asesinados en el lugar. Consternados tras lo ocurrido, ningún vecino durmió esa noche. Cerciorándose de que los crímenes quedaran impunes, los asesinos dispararon contra el contador de energía y lanzaron una granada de humo antes de marcharse para que nadie identificara sus rostros. (Lea el documento Vivos por siempre)

Esta acción paramilitar hizo parte de la larga lista de masacres que a partir de ese momento comenzaron a ser recurrentes en el puerto petrolero.

memoria barranca 2Este es un mural de la memoria en el barrio La Esperanza, en la Comuna 5 de Barrancabermeja, para recordar a las víctimas asesinadas en la masacre del 24 de enero de 1992. Aquí los rostros de Carlos Alberto Álvarez Ahumada, Pablo Emilio Pinto, José Dolores Silva y Gustavo Rojas. En el billar también fue asesinado Humberto Atencia Canchila. Foto suministrada.Como le contó Richard a Rutas del Conflicto, el asesinato de su hermano desbarajustó la familia. Tanto que, con el tiempo, tuvieron que salir desplazados del barrio por la perpetuación del conflicto que se prolongó durante esa década. (Vea el video: “He podido ayudar a otras víctimas y eso me llena”)

Para este joven de 27 años la forma de hacerle frente a las heridas ha sido precisamente la unión entre las familias. Cada 24 de enero celebran una eucaristía y entre todos se asesoran y buscan los medios legales para que el gobierno y las instituciones territoriales cumplan sus mandatos con las víctimas.

En esto concuerda la hija de una de las víctimas de la masacre, que todavía por temor prefiere la reserva de su nombre. Relata que tras el asesinato de su padre, su vida casi se echa a perder. Se sumió un tiempo en las bebidas alcohólicas, se tornó agresiva y hasta con obsesión comenzó a buscar el paradero de los asesinos. “Fue una época muy dura y difícil, hasta que sentí muy dentro de mi alma que me estaba haciendo daño… Arrodillándome ante Dios le clamé que me ayudara a superar la crisis. El dolor siempre está ahí pero el tiempo ha ayudado”, dice la mujer que es líder social en el barrio.

Las palabras de esta mujer revelan decisión en su vida. “Seguimos viviendo en el barrio porque para dónde nos íbamos, si en este país todo se complicó después de lo ocurrido. Ocho años después comenzaron los desplazamientos forzados, siendo Barrancabermeja el punto más crítico de la violencia en el Magdalena Medio”, dice.

La situación propia y de la comunidad la llevaron a trabajar en la Junta de Acción Comunal, en iniciativas memoria histórica, Mesa de Mujer y Equidad de Género, Red de Mujeres Organizadas e Independientes, Red de Mujeres del Magdalena Medio y por supuesto en Asorvimm, una asociación que acoge a víctimas de Santander, así como del sur de Bolívar, sur del Cesar y el nordeste antioqueño.

Las comunas 5 y 6 del municipio, conocidos como los barrios nororientales, cargaban con el estigma de ser escondederos de la guerrilla. Los habitantes quedaron en medio de un fuego cruzado, cuando al finalizar los años 90 se desató una batalla campal por el territorio entre el Ejército de Liberación Nacional (Eln) y las Autodefensas Unidades Colombia (Auc). Los últimos acusaban a los pobladores de estas comunas como simpatizantes de la guerrilla.

Tanto Richard Marcel Álvarez Ahumada como esta lideresa concuerdan en para aterrizar la paz en lugares como Barrancabermeja, altamente afectados por el conflicto armado, el Estado debe satisfacer primero las necesidades fundamentales y atender las preocupaciones de la comunidad.

“La paz no es solo firmar acuerdos y dejar que los fusiles se silencien. La violencia seguirá existiendo si continúan los robos, si sigue habiendo desigualdad. La paz debe apostarle a cerrar la brecha que existe entre las clases sociales, mejorar las condiciones de dignidad de las personas y ofrecerles oportunidades”, reitera Álvarez.

Para la líder, la dificultad para concretar la paz proviene de la constante vulneración de los derechos humanos y la desconfianza que hay entre la población. “Al campesino se le ha sacado de su entorno con violencia y engaños, entregándoles la tierra a grandes concesionarios de megaproyectos de extracción minera, hidroeléctricas y cultivos de palma y ganadería”, indica.

Kennedy, el conflicto invisible

La historia de violencia de este barrio de la Comuna 6 tiene un destino cruzado con el barrio La Esperanza. Sus pobladores también quedaron en el medio de esa guerra urbana que terminó acabando con familias, desplazando a muchas y dejando heridas abiertas, aún a la espera de la verdad. María Socorro Abril, líder de la Asociación de Desplazados Asentados en el Municipio de Barrancabermeja (Asodesamuba), vivió en carne propia esta tragedia.

Desplazada del municipio de San Vicente de Chucurí y dejando toda una vida en la tierra del cacao, Abril llegó en 1996 junto a su familia al barrio Kennedy. Lo que no se imaginó es que los vecinos eran hostigados de forma constante por guerrilleros del Epl, las Farc y el Eln. Una vez llegaron al lugar, fueron declarados ‘objetivo militar’ del Epl “porque supuestamente nosotros veníamos a hacer algún trabajo de inteligencia a Barrancabermeja. No nos creyeron que éramos víctimas del conflicto”, recuerda la mujer.

Su ‘bienvenida’ al barrio fue un secuestro. La guerrilla sacó encañonado a su esposo de la casa y lo mantuvo retenido dos días mientras indagaban sobre la procedencia de la familia. Vivieron en la zozobra por varios años pero no aguantaron más en el año 2001 cuando los paramilitares anunciaron que se tomarían el barrio. “Tuvimos que irnos porque los paramilitares llegaron a las casas asesinando a líderes. Alguien me dijo que me fuera porque ellos venían por mí, que porque yo trabajaba en una organización social”, recuerda la líder.

Pese al miedo y a que dos de sus hijos también fueron secuestrados, Abril sacó energía y logró convocar a varias víctimas como ella para asociarse en 1999. “Nos organizamos porque no había atención. La Ley 387 de 1997 [de prevención del desplazamiento forzado] estaba vigente, pero pocos la conocían. La mayoría veníamos del campo y no sabíamos cómo era vivir en una ciudad, donde se pasan tantas necesidades”, cuenta. Así nació Asodesamuba.

Pero esta iniciativa también intentó ser borrada de un solo tajo. En 2001 los paramilitares comenzaron a asesinar a varios de los integrantes de la Asociación, incluyendo familiares de Abril. Su única salida fue pedirle protección al Estado por las constantes amenazas que persistieron durante los siguientes años.

Otra mujer víctima de la violencia urbana del barrio Kennedy prefiere que su nombre no sea revelado. El miedo continúa al igual que la incertidumbre. De los seis hijos que tuvo y que crio sola como madre soltera, tres se los arrebató la guerra. En los años ochenta, el Epl le reclutó a dos jóvenes, de los cuales uno sigue desaparecido y el otro fue asesinado por las Farc a finales de los noventa. Un tercer hijo trabajaba como guardaespalda en el municipio de Cantagallo, en el sur de Bolívar, y fue asesinado a principios del año 2000 presuntamente por paramilitares.

En 35 años que lleva viviendo en el Kennedy, desde cuando el barrio fue fundado, esta mujer ha visto todo tipo de injusticias y atropellos. Ahora no sólo saca adelante a los tres hijos sobrevivientes sino a siete nietos huérfanos de la violencia. “Hoy me siento una mujer desamparada por el gobierno. Tuve que desplazarme del barrio pero volví, pues me parece que en todos lados hay violencia. He pasado muchos papeles, denuncias y tocado las puertas de muchos sitios sin respuesta. Las víctimas merecemos respuestas concretas”, dice.

Cuando a los habitantes del barrio se les pregunta por la situación de violencia actual; nadie habla. Los pocos que reportan parte del conflicto que persiste son los diarios populares de tinte amarillista. El muerto del día; la captura del día, pero los vecinos sienten que la administración pública los ha dejado a su suerte. Aunque en el barrio ya no hay una batalla entre guerrilleros y paramilitares, las noticias reportan de forma tímida el control de bandas que se financian con el expendio de drogas ilícitas. Los jóvenes son los más vulnerables y presa de una cadena sostenida no sólo por la comercialización sino por el consumo.

Las dos madres cabeza de familia creenque la solución de la paz en estos barrios es que sí haya una presencia del Estado, pero que sobre todo “aplique políticas públicas incluyentes en los temas de vivienda, educación, vías y proyectos productivos. No hay oportunidades para los jóvenes. Terminan el bachillerato y pocos entran a la universidad. Los que lo logran luego no consiguen un empleo”, explica María Socorro Abril.

La líder que perdió a tres de sus hijos está segura de que las oportunidades laborales sacarán a Barrancabermeja de la violencia: “Lo único que le pido a Jesucristo es que haya paz porque es que nosotros no parimos hijos para la guerra; parimos hijos para que sean sociables y buenos hijos con sus padres”.

* Periodista comunitario de Barrancabermeja

Este artículo hace parte del proyecto GIZ con VerdadAbierta.com