La contra-cruzada contra los evangélicos

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Esta es la historia de cómo las Farc persiguió a creyentes de varias religiones cristianas que se negaron a acatar sus órdenes y la confrontaron públicamente por sus abusos a la población civil.

Poco antes de que el gobierno de Andrés Pastrana anunciara el 14 de octubre de 1998 que iniciaría diálogos con la guerrilla de las Farc, en San Vicente del Caguán se sabía, por las idas y vueltas de funcionarios y guerrilleros, que su población sería el epicentro de las negociaciones. Ganaderos, políticos, líderes cívicos y comerciantes se reunieron varias veces preocupados por el impacto que podría tener en su pueblo este proceso, y pronto formaron un Consejo Municipal de Paz.

Ómar García, quien ese entonces era alcalde de esa población por el Partido Liberal, recuerda que, si bien sus coterráneos no se oponían a que su pueblo fuera sede de los diálogos, temían lo que podría hacer la guerrilla sin la presencia de la Fuerza Pública, con la anunciada desmilitarización.

Para mayor preocupación de la gente, estalló una bomba en el parque de los Transportadores que mató a ocho personas, varios de ellos evangélicos, cuando asistían al bautizo de un niño. El atentado fue atribuido a las Farc.

“Cuando la guerrilla entró al pueblo lo hizo como si hubiera ganado la revolución”, dice el ex alcalde García, quien recuerda que si bien la población los recibió para los diálogos, también le hicieron una despedida a los militares y a la policía, como una forma de desagravio y solidaridad. Con ese gesto, la población quería advertir que resistiría un eventual régimen arbitrario de la guerrilla.

Una vez se iniciaron las conversaciones de paz, los temores de los sanvicentunos se hicieron realidad. La guerrilla empezó a manejar una doble agenda en la que por una parte hacía audiencias públicas y se mostraba abierta; pero por otro lado intentó socavar los liderazgos que ya existían en San Vicente, sobre todo los religiosos.

David Bahamón, pastor cristiano de la iglesia Alianza, estaba inquieto por lo que les podría pasar a sus feligreses bajo el control de las Farc. Él era un reconocido líder social que llegó al Concejo Municipal en 2001 y fue testigo de cómo la guerrilla copó todas las áreas de la comunidad. “Uno hacía resistencia desde mucho antes, de manera anónima, pero es muy difícil hacerlo en contra de personas armadas. Nosotros teníamos una posición de defender a la gente, fortalecer la enseñanza cristiana y estar allí denunciando los hechos que no estaban bien”, contó a VerdadAbierta.com.

A Hernando Andrade, también cristiano, segundo en la lista al Concejo de Bahamón y en ese entonces estudiante de contaduría del Sena, se le recuerda en San Vicente porque cada vez que un grupo de guerrilleros interrumpía las clases para darles su cátedra, era de los pocos que se atrevía a confrontarlos públicamente. La guerrilla le empezó entonces a enviar mensajes para que cuidara lo que decía. Hasta que al final, dos guerrilleros de civil intentaron asesinaron y lo dejaron herido. Durante días le tocó esconderse hasta que finalmente pudo fugarse. Nunca volvió a vivir  a San Vicente.

En las comunidades cristianas tampoco cayó bien que en la zona rural, la guerrilla prohibiera a los campesinos sembrar cultivos de pancoger y los obligaran a desarrollar cultivos de coca. Bahamón, que frecuentaba una tienda en la que se encontraba frecuentemente con jefes de las Farc como el ‘Mono’ Jojoy’, les recriminó, desde su pensamiento religioso, esta arbitrariedad.

“También les critiqué que secuestraran y que todo carro o moto que se robaban en el país, terminara en San Vicente. Era ilógico que convirtieran al pueblo en una despensa de artículos robados”, dice Bahamón. “Allí vimos lo que realmente las Farc querían hacer: fortalecerse, reclutar, extorsionar para hacerse a más armas. Lo que buscaban era un sitio donde reclutar menores para entrenarlos sin el acoso de las Fuerzas Armadas”, recuerda. 

Otro episodio que enfrentó a los evangélicos y, en general, al pueblo con las Farc, fue que estas guerrillas promovieron una invasión de personas en Ciudad Bolívar,  un área en un cerro desde el que se divisa San Vicente, que se había constituido en parque natural. “Les dije, hablemos… pero les interesaba que estuviera en una parte alta para poner milicianos que pudieran poner bombas al aeropuerto”, explica Bahamón.

En ese momento empezaron los asesinatos, las amenazas y el destierro como retaliación a la resistencia. El primer caído fue el de un campesino cristiano al que recuerdan con el nombre de Bernardo, sin más señas, que vivía en una vereda llamada Troncales. A su finca llegó un grupo de la Teófilo Forero con panfletos para que sembrara coca, con la excusa de que podría aumentar sus ingresos. El labriego se negó y le contó al presidente de la Junta de Acción Comunal, Miguel Salazar, como una manera de buscar su respaldo. Éste lo respaldó y la guerrilla les hizo a los dos un atentado. Salazar escapó ileso y con la ayuda de la comunidad salió de San Vicente, pero Bernardo no tuvo la misma suerte y murió. Al poco tiempo,  la esposa y los hijos de Salazar también dejaron la zona.

Por último, y cuando ya los diálogos de paz con el gobierno pendían de un hilo en 2002, las Farc amenazaron a cinco de los once concejales, uno de ellos, a Bahamón, de San Vicente y los obligaron a que se fueran del pueblo. Hoy tres de ellos están exiliados fuera del país, uno vive en otra ciudad y sólo uno regresó.

Una amenaza nacional
Las Farc no sólo estaban persiguiendo a los cristianos de San Vicente y sus alrededores. En varias regiones del país, el hostigamiento guerrillero a las comunidades evangélicas estaba desbordado y tenía muy preocupados a sus principales líderes.

A comienzos de 1999, el pastor Alfredo Torres Pachón llegó al centro de la plaza de San Vicente del Caguán con un puñado de recortes de periódico en su maletín. Se instaló en una cafetería y preguntó cómo podría hablar con un comandante de las Farc.

Torres, un pastor evangélico que presidía la Fundación Cristianos por la Paz, había viajado a la ‘Zona de Distensión’ para buscar un contacto con la guerrilla. Quería convencer a alguno de sus jefes de que frenara la matazón de personas del credo evangélico –desde pastores hasta feligreses –, que estaban haciendo en varias regiones del país, según él entendía, por una orden de Jorge Briceño, alias el ‘Mono Jojoy’.

El pastor esperó todo el día hasta que un guerrillero de camuflado y pistola al cinto gritó: ¿Quién es Alfredo Torres? Él de inmediato se levantó de su mesa solitaria y alzó la mano. El miliciano le indicó que lo siguiera y fue llevado a una casa en donde funcionaba la oficina de relaciones públicas de la guerrilla en San Vicente del Caguán.

Allí lo recibieron dos mujeres de camuflado, a quienes en el pueblo las conocían como ‘Alicia’ y ‘Nora’. Cuando el pastor se identificó y les dijo que quería hablar con alguien del Secretariado, una de ellas empezó a atacarlo. Torres Pachón cuenta que la dejó hablar y hasta le preguntó si tenía hijos. “Dos”, le contestó. “Allí le dije que yo también tenía un hijo y que él me dio una biblia para que se la regalara a uno de los suyos, de esa manera pude romper el hielo”, recuerda.

En ese viaje, el pastor pudo conversar con Manuel de Jesús Muñoz Ortiz más conocido por su nombre de guerra, ‘Iván Ríos’, jefe del Bloque Central y miembro del equipo negociador de las Farc, con quien intentó razonar para que dejaran de asesinar evangélicos. A lo único que accedieron los guerrilleros fue a crear un canal para mantener la comunicación con los pastores.

Tras la fallida gestión del pastor Torres Pachón, las iglesias cristianas denunciaron públicamente, en agosto de 1999, justo en el primer aniversario delgobierno de Andrés Pastrana, que 35 cristianos habían sido asesinados en todo el país a manos de la insurgencia – sumando ataques de Farc y Eln – y que de la ‘Zona de Distensión’ habían sido desplazados a la fuerza 50 más. Denunciaron también que la guerrilla había ordenado el cierre de 330 templos y demolido cinco iglesias.

La principal preocupación de los evangélicos era que la guerrilla estaba aprovechando la ausencia del Estado para reclutar jóvenes de las congregaciones, además de exigirles pagar el llamado “impuesto de guerra”, correspondiente al 50 por ciento de los diezmos que recolectaban en sus templos.

A finales de 1999, varios pastores de diferentes denominaciones, entre ellas Justapaz, el Consejo Evangélico de Colombia, la Fundación Cristianos por la Paz, la Federación de Iglesias Cristianas, Pentecostales Unidos y la Unión Cristiana, entre otras, enviaron una carta a Pedro Antonio Marín alias ‘Tirofijo’ y a los negociadores de las Farc, Joaquín Gómez, Raúl Reyes y Fabián Ramírez, en la que les suplicaban detener los hostigamientos a sus comunidades religiosas.

Los evangélicos respaldaban la solución negociada al conflicto y en cierta forma ponían a disposición de la mesa de diálogo sus buenos oficios. Sin embargo, también criticaban la doble moral de las Farc y alertaban que, con la persecución a la que estaban siendo sometidos, los diálogos corrían el “riesgo de malograrse porque la sociedad civil se (sentía) irrespetada y violentada, máxime si los grupos insurgentes insistían en involucrarla cada vez más en una demencial guerra que no es de ella”.

Las cartas fueron enviadas luego de que las Farc, a través de un comandante conocido con el alias de ‘Ángel’, reuniera en octubre de 1999 a 50 pastores evangélicos de Guaviare y les diera un ultimátum de 30 días para que abandonaran la región. El 17 de noviembre, muchos de ellos se desplazaron por temor a represalias.

A pesar de los intentos de los líderes religiosos para detener esa contra-cruzada de las Farc, el drama de los cristianos continuó agravándose en el primer semestre de 2001, cuando fueron secuestrados los pastores Enrique Gómez Montealegre, Marcos Díaz, Hernán Osorio y Evelio García. “’El Mono Jojoy’ decía que éramos de la CIA o informantes del Ejército para justificar los ataques contra los cristianos”, le dijo Torres Pachón a VerdadAbierta.com.

Muchos otros pastores, sin embargo, resolvieron resistir pacíficamente la violencia guerrillera. Pedro Stucky, un pastor canadiense de la iglesia Menonita de Bogotá, recuerda que en algunas zonas los pastores denunciaban que la guerrilla estaba reclutando menores y también se oponían a colaborar con los trabajos que ésta imponía, y en general,  a seguir las órdenes de cualquier grupo armado.  “Hubo algunos pentecostales que entraron a zonas sin el permiso de la guerrilla, porque decían que ellos no tenían que pedir autorización de ningún grupo al margen de la ley”, explicó Stucky a este medio.

A mediados de 2001, el proceso de negociación empezaba a naufragar y la guerrilla veía amenazas en todas partes. Un dirigente del Caquetá, que siguió de cerca el proceso del Caguán, le dijo a VerdadAbierta.com que la paranoia de las Farc se debió a que “creyeron que algunas personas, entre ellos los evangélicos, estaban haciendo inteligencia al servicio del Estado. Es una posición equivocada que la han corregido en el último tiempo”.

La reunión de Rover
Ante la gravedad de la situación y la presión de los evangélicos, el gobierno logró a finales de 2001, con mediación de la oficina del Alto Comisionado de Paz, que se realizara una reunión entre varios jefes de la guerrilla y líderes cristianos.

Catorce pastores, entre ellos Pedro Stucky, Milton Mejía, Ricardo Esquivia, Víctor Velásquez y Alfredo Torres –este sería su segundo encuentro con las Farc – fueron a San Vicente del Caguán y de allí los llevaron a un sitio conocido como Rover, cerca de La Macarena, donde se encontraron con los guerrilleros Raúl Reyes, Simón Trinidad, Julián Conrado e Iván Ríos, entre otros.

Al iniciar la reunión los pastores se arrodillaron y pidieron comenzar con una oración. Les tomaron las manos a los guerrilleros que, mudos, simplemente les siguieron la corriente.

“Iván Ríos era el más frío”, recuerda el pastor Torres. Cada uno de los pastores tuvo la oportunidad de hablar y pedir que cesara la violencia, además de ratificar que no estaban contra ellos, sino contra la lucha armada. Ríos les respondió que si bien no tenían nada contra ellos consideraban que sus comunidades religiosas tenían infiltrados o espías en algunas regiones. Además, que en algunos territorios los cristianos no obedecían las órdenes de la guerrilla. 

Los pastores admitieron que algunos de sus colegas podrían tener discursos duros con la subversión, pero que cada pastor era un obispo de su iglesia y que, como no había directrices, no había forma de controlarlos. Sin embargo, se comprometieron a hacer una reunión con la comunidad como un intento de mantener la neutralidad frente a la guerrilla.

El Secretariado, por su parte, prometió no volver a matar a ningún evangélico y a que en el evento de tener reproches, se comunicarían con los pastores antes de dar órdenes de fusilamientos o de exilios forzosos. Además, se comprometieron a no seguir quemando más templos y a garantizar la libertad de cultos en las zonas en donde ellos se consideraran la autoridad.

A los pocos meses, la reunión empezó a tener sus resultados. La guerrilla liberó a los pastores Marcos Díaz, Hernán Osorio, Evelio García y Enrique Gómez. No obstante, su oferta de respetar la libertad religiosa resultó bastante restringida.  Así, cuando el Consejo de Evangélicos de Colombia invitó al Caquetá al hermano Andrés (su nombre real es Ann van Der Bijl), un pastor holandés que fundó en 1955 la organización Puertas Abiertas y a quien se le conoce por su marcado anticomunismo, las Farc prohibió su entrada a la región.

Este pastor se había vuelto célebre en el mundo por haber metido de manera clandestina biblias en China con una portada idéntica al “Libro Rojo” de Mao, y también a Rusia en pleno auge de la Cortina de Hierro o en países de gobiernos musulmanes del mundo Árabe. Le decían “El Contrabandista de Dios”.

“El Consejo creyó que Andrés iba a convertir a las Farc, pero cuando los comandantes se enteraron que éste estaba por despegar en un vuelo privado de Bogotá a Florencia, nos llamaron a decirnos que si aterrizaba le tenían preparado un viaje por la montaña”, recuerda un pastor que estuvo en el Caguán.

Aunque los pastores creyeron que habían logrado una tregua el borrador de acuerdo se quedó esperando la firma de la contraparte.

La falsa tregua

Tras la ruptura de las negociaciones de paz, y a pesar de las promesas de la dirigencia de las Farc de no asesinar más pastores evangélicos en 2001, siguieron los ataques en el Caquetá contra ellos. El 26 de febrero de 2002, Héctor Peña Bernal, un pastor de la Iglesia Pentecostal Unida de Puerto Amor, regresaba a su casa cuando, según reportes oficiales, un sicario de la guerrilla le disparó en la cabeza, causándole la muerte de manera inmediata.

Casi seis meses más tarde, el 1 de agosto, el pastor Abel Ruiz, realizaba una ceremonia en Campo Alegre cuando un grupo de la guerrilla entró al templo y lo asesinó delante de todos los feligreses.

Un mes después, el 3 de septiembre de 2002, el pastor de la iglesia pentecostal de Santana Ramos, Carlos Enrique Samboní, fue asesinado después de que las Farc lo acusara de ser auxiliador de los grupos paramilitares.

La trágica historia se siguió repitiendo. El 30 de enero de 2003, después de que se negara a prestar su templo para que guerrilleros del Frente 14 atentaran contra la estación de policía de Puerto Rico, Meta, fue asesinado el pastor Adelmo Cabrera y su hijo Luis Carlos. El pastor era además concejal de ese municipio, en donde se le recuerda por ser una persona activa en las labores sociales, pero que se oponía de manera silenciosa al reclutamiento de niños que era muy común en esta población.

Tras décadas de este silencioso exterminio la fundación Justapaz ha intentado documentar los crímenes de la guerrilla contra los cristianos. No es fácil hacerlo en medio de la guerra. Solo en Caquetá, según registros de Justapaz, desde que se rompieron las negociaciones entre el gobierno Pastrana en 2002, se acusa a las Farc de haber asesinado a 13 cristianos, pero también de seguir cerrando iglesias y desplazando a pastores y feligreses que no sigan sus “normas”.

VerdadAbierta.com le envió un cuestionario a las Farc en La Habana, preguntándoles por qué se ensañaron contra esta comunidad y por qué incumplieron sus compromisos y no obtuvo respuesta, como tampoco la obtuvo frente a las preguntas sobre los demás temas incluidos en este especial. Mucho podrían aportar a la reconciliación las Farc si a lo largo del proceso de negociación en La Habana cuentan la verdad de esta vergonzosa historia y reconocen su responsabilidad en esta persecución contra personas pacíficas y cristianas que se resistieron a cumplir sus órdenes avaladas con fusil.