El regreso del fantasma de la guerra a Putumayo
17 de septiembre de 2019En Puerto Asís, la capital comercial de ese departamento del sur del país, se respira de nuevo el miedo. Sus casi 59 mil habitantes saben que ha retornado la zozobra de los fusiles, como en los tiempos más violentos que vivieron hasta hace poco y que dejaron más de mil muertos en los últimos 19 años.
El carrobomba que explotó hacia las seis de la mañana del viernes 4 de febrero del 2000 frente al hotel Balcón Quirama, en el punto más concurrido y activo del municipio, dejó dos muertos y nueve heridos.
Es uno de los tantos recuerdos que los habitantes de esta población selvática del Bajo Putumayo mantienen en su memoria, como el recuerdo de una película de terror.
El atentado fue atribuido en su momento al Frente 48 de las Farc, por el comandante de la Policía en la época coronel Luis Alfonso Berrio, y por el mismo secretario de Gobierno departamental con funciones de gobernador encargado, Álvaro Salas.
La explosión confirmó el peor temor de los pobladores de Puerto Asís: comenzó la ofensiva de las Farc para recuperar el control territorial que habían perdido con las autodefensas en el Bajo y el Medio Putumayo.
Una ofensiva en la que los involucrados nunca se vieron las caras ni hubo grandes combates.
Hoy, 19 años más tarde, los habitantes de las 128 veredas de la zona rural tienen el mismo temor de los inicios de la década del 2000.
En la actualidad, el presente y el futuro del municipio está cubierto por un manto de dudas
La firma de la paz

Foto: Presidencia de la República. Una de las regiones que más celebró el Acuerdo de Paz, tal vez un acuerdo imperfecto ante una guerra perfecta, fueron los casi 350 mil habitantes del departamento de Putumayo, de los cuales, 279.356 son víctimas directas del conflicto armado, de acuerdo con los registros que la Unidad de Victimas del Putumayo tiene consignados desde 1995.
La Unidad de Restitución de Tierras, registra 6.684 solicitudes de reclamación de tierra hasta julio del 2019.
El sabor de la paz lo saborearon los putumayenses, en un paso fugaz que inició el 10 de enero de 2017, cuando los combatientes de las Farc llegaron a la Zona Veredal de La Carmelita, donde fueron recibidos con aplausos y gestos cordiales por los habitantes del Medio y del Bajo Putumayo.
Fue una recepción calurosa, que no buscó celebrar la violencia que sembraron en antaño, sino reconocer el paso de dejar las armas y ponerle fin al conflicto armado.
Fueron tiempos nuevos, la paz paseaba las 24 horas del día por pueblos, selvas, montañas y ríos, vestida de blanco, con elegancia y coqueteo, como lo relató en su momento Agustín Daza, un campesino curtido de sabiduría con más de 65 años, de los cuales 50 los ha pasado en una vereda de Puerto Asís, sembrando cultivos mixtos, es decir, tanto lícitos como ilícitos, con los cuales ha podido sacar adelante a sus siete hijos, entre ellos dos profesionales y otro a punto de serlo.
Pero esa paz en Putumayo comenzó a tener tropiezos a finales de 2017, cuando se comenzó a escuchar que había disidentes de los frentes 48 y primero de las Farc en Putumayo, que se disputaban el territorio para el control del narcotráfico.
Se comenzó hablar de enfrentamientos armados, amenazas de muerte a líderes sociales, veredas enteras confinadas, reclutamientos a menores y asesinatos selectivos.
Esos rumores tomaron rostro a principio de 2019, cuando alias ‘Sinaloa’, líder de las disidencias del Frente 48, comenzó hacer presencia en lugares públicos del bajo Putumayo, con varios de sus hombres, donde advertía el retorno de las Farc y la implementación de la “Ley del Monte”, como ocurrió en la vereda El Afilador, del municipio de San Miguel, en límites con el país del Ecuador.
Al otro lado del departamento, en la zona norte Puerto Guzmán, en la región de Mayayoque, alias ‘Cadete’, manifestaba lo mismo y con acciones más contundentes.
Hoy los dos alias están muertos; el primero fue asesinado por sus propios compañeros el 17 de marzo de este año, y el segundo fue abatido por el Ejército Nacional en un operativo realizado el 2 de febrero en zona rural de San Vicente del Caguán, en Caquetá.
Paralelo a las acciones de las disidencias de las Farc, la banda delincuencial de segundo nivel autodenominada como ‘La Constru’, cometía una serie de asesinatos en el Bajo Putumayo, a las órdenes de los narcotraficantes Henry Loaiza, alias ‘El Alacrán’, y Miguel Antonio Bastidas Bravo, alias ‘Gárgola’, ambos capturados por la Policía el pasado mes de junio.
La Policía les atribuye 71 de los asesinatos ocurridos en el primer semestre de este año en el departamento.
El rearme en Putumayo

También señaló razones de seguridad, a raíz del asesinato de más de 130 excombatientes que dejaron las armas en las Zonas Veredales Transitorias de Normalización.
Uno de los nuevos jefes del rearme en Putumayo es Danilo Alvizú, quien comanda el ‘Frente Carolina Ramírez’.
Cuando se firmó el Acuerdo de Paz en 2016, Alvizú cambió las armas por las cámaras fotográficas y a veces se le veía en alguna rueda de prensa tomando fotografías.
Empezó a trabajar como fotógrafo y videógrafo en la productora que los excombatientes fundaron y que se llamaba Nueva Colombia Noticias.
Luego decidió empezar a trabajar por su cuenta.
Algo que siempre, según él, fue frustrante por la falta de oportunidad laboral.
Así explica por qué volvió a las armas: “Cuando vimos que la guerra no se iba a acabar porque entregar las armas era estar desprotegidos, varios mandos decidimos no sumarnos a ese acuerdo.
Sentimos que es una traición y el tiempo nos está dando la razón.
No hay cumplimento, más de cien camaradas que sí firmaron han sido asesinados.
Entonces, así cómo quiere usted que nos entreguemos y además de que nos maten, dejemos que otros traicionen nuestra lucha.
Si los comandantes Jacobo Arenas, Manuel Marulanda o Jorge Briceño estuvieran vivos, las cosas se hubieran hecho diferente”.
Y al ser cuestionado sobre quiénes los traicionaron, sin dudar responde: “Los que firmaron y ahora están en Bogotá, en el Congreso, figurando en las noticias.
Los que nos dieron la espalda”.
El disidente también se refiere a alias ‘Rodrigo Cadete’: “Él fue uno de los que tuvo como tarea volver a crear frentes en Putumayo, en esta etapa de disidencia”.
Producto de esa ‘gestión’ hoy existe el ‘Frente Carolina Ramírez’ -su nombre proviene de una guerrillera que murió en las primeras acciones de la Fuerza Pública contra las disidencias-.
Este Frente depende de las directrices que da el mando superior en el departamento de Guaviare y estas fuerzas están comandadas por ‘Iván Mordisco’, quien fue uno de los primeros guerrilleros que no se acogieron a las negociaciones de paz, como se hizo público en 2016. “’Iván’ es el primer mando importante que decide separarse de ese proceso, le sigue ‘John 40’ y cuando ‘Gentil Duarte’ va a La Habana, a la Mesa de Negociación, y regresa con la directriz de hacer que ‘Iván’ se sume a los que estaban negociando, decide separarse también de ese proceso y así es que se crea la comandancia del Frente Primero Armando Ríos.
Ya después se juntan con ‘Rodrigo Cadete’ y ahora estamos acá.
Y los que dicen que no existimos y que somos grupos sin coordinación, pues acá nos tienen de frente”, comenta Alvizú.
Su veteranía genera confianza en el diálogo, algo ruidoso y en ocasión con señal débil, donde se logra escuchar que está al mando de un grupo significativo de hombres y mujeres todos armados y dispuestos a la lucha armada.
Mientras en las disidencias del Frente 48 de las Farc, bajo el mando de Gustavo Cuellar Paloy, conocido con el alias de ‘Manuel El Político’, y quien se supone debe comparecer ante la Justicia Especial de Paz (JEP), es quien está impartiendo la orden que los campesinos deben de renunciar a los proyectos de erradicación manual voluntaria de sus matas de coca y los demás programas del gobierno nacional. “Acá vienen los hombres armados del ‘Político’ y nos están ofreciendo plata por adelantado para que sembremos más matas de coca y que nos recogen la cosecha sin necesidad de salir al pueblo”, señalo don Adolfo Chicangana, habitante de una de las veredas del municipio de San Miguel. (Leer más en: Disidencias, el nuevo motor de la violencia de Putumayo) Otros campesinos, que prefieren reservar su nombre, advierten que hombres armados que se identifican como “La Constru” y otros grupos, los presionan para que sigan sembrando coca y, si es necesario, protesten para rechazar la presencia de los erradicadores y las fumigaciones aéreas. “Cuando sea necesario cada familia debe de aportar por lo menos dos de sus miembros para participar en esas protestas”, cuenta con tono angustiado María Pajoy, otra habitante de San Miguel.
Guerra de nunca acabar

Foto: Ricardo Cruz. Puerto Asís es un pueblo ubicado a 90 kilómetros de Mocoa, la capital de departamento, y se alza sobre la margen izquierda del río Putumayo.
Fue fundado en 1912 por dos misioneros capuchinos que lo bautizaron así en memoria del santo italiano San Francisco de Asís.
En un comienzo su importancia fue relativa hasta que, según la Contraloría Departamental, “con la llegada del camino de herradura en 1931, la localidad se vio de nuevo impulsada y al entrar la carretera en 1953, se convirtió en importante centro de intercambio comercial con Mocoa, el Valle de Sibundoy y Pasto”.
Sin embargo, el producto que partió en dos su historia y su destino fue la coca.
Un habitante de la región que investigó la llegada de este cultivo a Putumayo, y hoy se encuentra exiliado por amenazas de muerte de la exguerrilla de las Farc, cuenta que las primeras semillas de coca llegaron a Puerto Asís en abril de 1979.
Gonzalo Rodríguez Gacha, alias ‘El Mexicano’, fue quien las introdujo con la ayuda de comerciantes de la zona.
La semilla pegó y comenzó a regarse sin control.
Bajó al Valle del Guamuez y de ahí siguió por el río Putumayo hasta Leguízamo.
Subió hasta Puerto Caicedo, pasó a Orito, y en su recorrido ascendente se instaló en Puerto Guzmán y Villa Garzón.
La promesa de una riqueza fácil hizo que los campesinos cambiaran sus cultivos tradicionales por la coca y atrajo a miles de colonos de todo el país y a la misma guerrilla de las Farc.
Desde el vecino departamento de Caquetá entraron por Puerto Guzmán, con intenciones de quedarse, expandirse y sacar su tajada de la bonanza coquera.
Con el tiempo surgieron, gracias al dinero que recaudaron por cuenta de la coca, tres frentes más de la otrora guerrilla más antigua del continente, que se adueñaron de las tierras selváticas de Putumayo y llegaron a ser los más ricos dentro de la organización.
Casi una década duraron las buenas relaciones de guerrilleros y narcotraficantes.
El dinero corrió a chorros, la gente bebía champaña en totumas o se daba el lujo de comer sólo gallinas de color blanco.
Puerto Asís vivió una prosperidad ficticia.
La actividad de su embarcadero en esa época era de tal magnitud que alguien comparó lo que se veía allí con la imagen de las barcazas flotantes en Hong Kong.
Así quedó bautizado el embarcadero desde entonces.
La alianza entre el grupo guerrillero y los narcos terminó de manera abrupta hacia finales de la década de los 80.
En Puerto Asís dicen que ‘El Mexicano’ peleó por asuntos de dinero con el comandante del Frente 32.
La disputa terminó con una amenaza del narcotraficante de traer su ejército y sacar a la guerrilla del territorio.
Gacha llevó a un grupo de ‘Masetos’, denominación que le daban a los hombres bajo su mando y que provenía de una generalización de la abreviatura de Muerte a Secuestradores (MAS), a la región y armó su propia guerra contra todo lo que le oliera a izquierda en el Bajo Putumayo.
Elías Carvajal, alias ‘El Seis’, comandaba el grupo de ‘Masetos’, que tenía su base de entrenamiento en El Azul, más al sur de Puerto Asís, hacia la frontera con Ecuador.
El recuerdo de los ‘Masetos’ y sus barbaries quedaron consignadas en un libro de denuncia sobre lo que ocurrió en esta parte del país, elaborado por la Comisión Andina de Juristas (hoy Comisión Colombiana de Juristas).
Las Farc derrotaron militarmente a los ‘Masetos’ en una operación que llamaron “Aquí estamos Putumayo”, que quedó consignada en vídeo.
La operación insurgente se realizó en El Azul.
Pero la violencia no paró ahí.
Luego las Farc comenzaron a asesinar a todos aquellos que sindicaban de ser ‘Masetos’ o haberles colaborado.
Los milicianos invadieron los pueblos y continuaron la limpieza.
Posteriormente otro actor armado entró en disputa.
En 1997 las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) comenzaron a incursionar en el Medio y Bajo Putumayo hasta 2005, cuando se dio la desmovilización del Bloque Putumayo, al mando de Carlos Jiménez, alias de ‘Macaco’, quien, tras purgar una pena por narcotráfico en Estados Unidos, hoy se encuentra recluido en una prisión de alta seguridad en el interior del país.
Desde 2005 y hasta 2016, la entonces guerrilla de las Farc centró sus acciones subversivas con los frentes 32 y 48 y parte de la Columna Teófilo Forero en ambas regiones de Putumayo.
Los comandantes guerrilleros impartieron la orden a sus hombres de atacar las infraestructuras petroleras, energéticas y viales, al tiempo que hostigaban con disparos a los grupos erradicadores de matas de coca y en algunas ocasiones a las avionetas fumigadoras.
Alias ‘Martin Corena’, excomandante del Frente 48 de las Farc, recuerda que la lucha armada era contra el gobierno nacional, por sus políticas implementadas para favorecer a las empresas multinacionales dedicadas a la explotación minera en especial a las petroleras, que contribuyen a saquear la riqueza natural del Putumayo, a cambio de nada, sólo violando los derechos humanos y generando contaminación ambiental sin realizar inversión social.
Hernán Benítez, otro veterano exguerrillero del Bloque Sur de las Farc, resaltó que ellos no fueron narcotraficantes ni terratenientes, pero admite que sí cobraban cuotas a la cadena de producción del narcotráfico: cultivos, laboratorios y pistas de aterrizaje, lo que catalogaban como ‘impuesto’ para fortalecer sus finanzas.
Aunque con el proceso de paz logró que más de 10 mil miembros de las Farc dejaran las armas y los putumayenses disfrutaran de una tranquilidad efímera, su pasado tormentoso, en el que grupos narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares y delincuenciales han sembrado muerte y dolor, se resiste a irse.
El silencio de los fusiles con las Farc duró poco y pronto brotaron nuevos focos de violencia.
Por esa razón, el obispo de la Diócesis Mocoa-Sibundoy, Luis Albeiro Maldonado, y diferentes organizaciones sociales de la región, consideran que el fantasma de la guerra ha vuelto a rondar en Putumayo. (Leer más en: El Placer: pueblo fantasma lleno de temor en medio de la selva de Putumayo)