Radio Altamizal: la víctima que nunca ha sido escuchada
9 de abril de 2026Esta antigua emisora y rasgo identitario de la comunidad del municipio de Dolores, Tolima, busca verdad, justicia y reparación ante la JEP, por la violencia y los silencios que impuso el conflicto armado.
Por Héctor León Hernández Flórez
Dolores, el enverdecido enclave del suroriente del Tolima, fue escenario de prácticas comunicativas campesinas innovadoras. Para la década del cincuenta, sonaba “La Voz del Pueblo” en un sistema de cornetas que atravesaba las calles, anunciaba nacimientos, despedía a los muertos, convocaba a la comunidad. En los setenta esa voz popular fue enarbolada por Radio Altamizal durante más de medio siglo, desarrollo que demostró consolidación de la tradición oral y la apropiación por parte de la audiencia del suroriente del Tolima.
Según Napoleón Perdomo Cortés, poeta y exlocutor de la emisora, “hablar de Radio Altamizal es hablar de la historia de Dolores, una emisora que marcó a todos sus habitantes porque no había residente en el pueblo que no escuchara la emisora”.
Su señal no sólo transmitió música o mensajes; en sus diversos programas se observaba una práctica social estructurante que permitió a la comunidad construir lo público, narrar su cotidianidad, tramitar conflictos y el fortalecimiento de vínculos sociales. En un territorio atravesado por el conflicto armado, la radio fue, como en muchos rincones rurales de Colombia, un hilo invisible que mantenía unida a la comunidad que se reconocía en ella.
Para un líder campesino del municipio, que prefiere omitir su nombre, “Radio Altamizal es parte de la identidad de Dolores y seguirá siendo parte del recuerdo y el patrimonio de nuestro municipio”.
La construcción del tejido radial en este paraje lejano de la geografía colombiana a la altura de la cordillera cunditolimense trascendió el orden municipal hacia la subregión: “Las transmisiones de Radio Altamizal eran escuchadas en la mayor parte de las veredas del municipio de Dolores e inclusive en poblaciones circunvecinas como Prado, Natagaima, Colombia (Huila), Alpujarra y sus zonas rurales”, se recuerda en el Audiorreportaje Altamizal Memoria, Día Mundial de la Radio, 2023.
Hasta que el silencio empezó a imponerse.
No siempre con un hecho único, visible o fácilmente narrable. A veces el conflicto no destruye de golpe: desgasta, intimida, transforma, obliga a callar. Las dinámicas de la guerra —presencias armadas, control territorial, miedo— terminan por apagar lo que antes era cotidiano. Y así, lo que parecía permanente deja de existir.
Radio Altamizal no desapareció simplemente. Fue perdiendo su voz en medio de las presiones en un contexto de violencia: restricción y control de la palabra, imposición de silencios y autocensura, persecución y estigmatización estatal a sus fundadores, interrupción de prácticas comunicativas, pérdida de espacios de encuentro, ocupación armada por los distintos actores armados en el “Punto La Cruz” y “Punto La Antena” (cabinas de la emisora), según reconoce el Informe “La guerra en movimiento: tomas guerrilleras y crímenes de guerra en la ejecución del plan estratégico de las FARC-EP en el Tolima 1993-2002 (2021), presentado por Dejusticia y Verdad Abierta ante la Jurisdicción Especial para la Paz (p. 131).
En suma, el debilitamiento del rol de la radio como articulador social hizo inviable su existencia tal como era. Con ella, no sólo se apagó una señal: se debilitó un espacio de encuentro, de información y de memoria colectiva.
La pregunta que surge entonces es necesaria:
¿Puede una emisora ser víctima del conflicto armado?
En Colombia, la noción de víctima ha estado asociada a personas y comunidades. Sin embargo, el conflicto también ha afectado profundamente bienes colectivos, prácticas culturales y comunicativas que eran esenciales para la vida social. Cuando una radio comunitaria es silenciada, lo que se pierde no es sólo un medio técnico: es una infraestructura de lo común. Desaparece la forma en que la comunidad se relaciona, se expresa, se proyecta y construye una identidad compartida.
Radio Altamizal encarna exactamente eso: una profunda afectación a los rasgos identitarios de una comunidad, su proyecto colectivo y prácticas culturales. No se trata de una interpretación libre; es lo que emerge de los talleres y conversatorios de reconstrucción de memoria histórica y daños colectivos en el marco del Festival Altamizal Memoria 2021-2025, un espacio comunitario anual que busca sensibilizar a la comunidad sobre la memoria y la paz a través del arte, la acción simbólica y la incidencia política. Bajo el paraguas de la memoria sonora de la antigua radio local, se explora la memoria histórica, los conflictos socioterrioriales y ambientales, los derechos de las víctimas, derechos culturales, derechos campesinos y el derecho a la paz.
Hoy, en tiempos de posacuerdo cuando se acerca el décimo aniversario de la firma de paz con la extinta guerrilla de las Farc, esa pregunta empieza a tomar forma en un escenario institucional. Se ha presentado una solicitud ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) el 9 de abril de 2026 buscando el reconocimiento de la emisora como víctima dentro del conflicto armado. No se trata de una simple formalidad jurídica, sino de un intento por ampliar la comprensión de lo que la guerra destruye.
Reconocer a Radio Altamizal como víctima implicaría aceptar que el conflicto no solo dejó muertos y desplazados, sino también silencios impuestos, tejidos sociales fracturados y memorias interrumpidas; en otras palabras, reconocer que el país también perdió sus propias formas de relacionamiento, el núcleo del tejido social pues hablar es participar, escuchar es reconocer al otro, narrar es construir memoria
En medio de ese proceso, el legado de la emisora no ha permanecido en el olvido. Desde 2020, la iniciativa Altamizal Memoria —como heredera simbólica y comunitaria de Radio Altamizal— ha impulsado un trabajo sostenido de recuperación de su historia, de reactivación de su memoria sonora y de resignificación de espacios como La Antena, antiguo lugar de transmisión, hoy concebido como un lugar de memoria. Ahora ampliando la mirada hacia otros lugares de memoria y patrimonio de paz, desde La Antena como dispositivo de activación y salvaguarda.
Ese esfuerzo no se ha limitado al ámbito cultural o comunitario. También ha derivado en acciones concretas de incidencia política local orientadas al reconocimiento institucional de la radio y su legado. En el marco de la conmemoración del Día Mundial de la Radio, cada 13 de febrero, este año 2026 se logró que mediante Decreto Municipal No. 22 de 2026 y Resolución No. 010 de 2026 del Honorable Concejo Municipal de Dolores, se convalidara oficialmente en el municipio la importancia histórica y la tradición radial expresada por la comunidad en cabeza de la emisora Radio Altamizal y el sistema de cornetas que lo precedió: La Voz del Pueblo 1954-1970.
Se resalta que es una medida que no sólo institucionaliza la memoria, sino que establece un compromiso anual para que el Estado local y la comunidad reflexionen sobre el papel de la radio y su historia.
En un país donde muchas experiencias comunitarias han sido borradas o ignoradas, este tipo de reconocimiento adquiere un valor particular. No es exagerado pensar que se trata de un caso excepcional: una comunidad que, a partir de su propia historia radial, logra inscribir en el calendario oficial una fecha para no olvidar.
La historia de la emisora abre una discusión más amplia. En distintas regiones, medios comunitarios han sido presionados, instrumentalizados o apagados en medio de la guerra. Pero pocas veces esas pérdidas han sido nombradas como lo que son: afectaciones profundas a la vida colectiva, a la identidad de la comunidad.
Por eso, el caso de Radio Altamizal abre una discusión mayor. No se trata únicamente de una emisora en Dolores, Tolima. Se trata de preguntarnos qué significa reparar un país donde incluso sus voces fueron silenciadas.
“Desde la iniciativa de Altamizal Memoria esperamos que la emisora vuelva a restablecer su transmisión, su servicio a la comunidad y a nuestra sociedad y desde allí porque somos tejido comunitario. Somos la audiencia de la Ecorregión Galilea del Oriente del Tolima” según María Isabel Ramírez del Centro de Memoria y Acción Integral del Bosque Galilea (Audiorreportaje Altamizal Memoria, Día Mundial de la Radio, 2023).
Tal vez el reto no sea sólo reconstruir lo que fue destruido, sino aprender a escuchar aquello que dejó de sonar.
Porque como en Dolores, hay memorias que no desaparecen, sólo están esperando a que alguien vuelva a sintonizarlas.