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JUSTICIA Y PAZ

Encuentre en esta sección un completo seguimiento al proceso de Justicia y Paz de los paramilitares, las versiones, las imputaciones, y juicios, así como las declaraciones de los paramilitares extraditados a los Estados Unidos

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La Corte quiere la Verdad (Semana)

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Políticos que pueden terminar juzgados como jefes paramilitares y la creación de una Comisión de la Verdad tipo Argentina o Sudáfrica son un timonazo de la Corte Suprema al proceso de Justicia y Paz.

En diciembre de 1961 Adolf Eichmann fue condenado a muerte por Israel. A pesar de que era un burócrata del departamento de inmigración, cuya misión era despachar trenes, y de que nunca disparó un arma, tuvo que enfrentar un juicio histórico por delitos de lesa humanidad cometidos por los nazis. Sus jueces, como ya lo habían hecho los de Nuremberg, acogieron una tesis que surgió justamente del holocausto judío: la de la responsabilidad mediata de los miembros de la cúpula de un aparato de guerra o criminal (que en el caso nazi era el Estado) en los crímenes atroces que cometen sus subordinados.

Esa tesis es la que acaba de acoger la Corte Suprema de Justicia y que tiene profundas implicaciones para los procesos de para-política. Los magistrados anunciaron que a los congresistas a quienes se les pruebe que hacían parte de la cúpula de organizaciones armadas, bien sean guerrilleras o paramilitares, pueden ser acusados de los delitos de lesa humanidad que cometieron los combatientes rasos de esos grupos.

Eso implicaría, por ejemplo, que una persona como Eleonora Pineda, que ha reconocido ser del brazo político de las AUC en Córdoba, no sólo tendría que responder por concierto para delinquir, delito que le da hasta cinco años de cárcel, sino que se le podrían imputar las masacres, desapariciones forzadas, torturas, desplazamientos y otros crímenes, y que su condena se podría elevar a 60 años. Obviamente la sentencia no es retroactiva y Pineda ya está condenada y libre. Pero muchos otros congresistas siguen siendo investigados por la Corte y por eso ha suscitado tanta controversia este nuevo giro en su enfoque jurídico.

Muchos observadores consideran que esta decisión es un 'jab' de la Corte a la quijada del gobierno, pues los congresistas investigados son todos uribistas, y algunos de la entraña del Presidente, como su primo el ex senador Mario Uribe.

Hay un elemento que parece haber incidido seriamente en el giro de la Corte, y es el mensaje que dejó el Fiscal de la Corte Penal Internacional Luis Moreno Ocampo el año pasado, cuando estuvo en Colombia. En esa ocasión quedó en evidencia que el temido fiscal internacional estaba preocupado por que los políticos y congresistas colombianos vinculados a crímenes de lesa humanidad o de guerra terminaran siendo juzgados apenas por concierto para delinquir. Adicionalmente, esta idea de la responsabilidad mediata ya ha sido acogida por las Cortes de casi todo el mundo. Con este argumento fue condenado el ex presidente de Perú Alberto Fujimori a 25 años por masacres y torturas que cometieron sus subordinados. En Estados Unidos, con una sentencia de similar espíritu, fue condenado 'Simón Trinidad' por el secuestro de tres norteamericanos, cometido por un frente que no estaba bajo su mando. Y en Colombia esta doctrina se inauguró cuando la misma Corte Suprema condenó a todo el Comando Central del ELN por la masacre de Machuca, perpetrada por sus hombres.

Pero el viraje de la Corte no quiere decir, ni mucho menos, que todos los congresistas investigados terminen involucrados en crímenes de lesa humanidad. De hecho puede resultar muy excepcional que se demuestre que un político hacía parte de la cúpula de un bloque de las autodefensas, y en cambio lo que con más frecuencia pudo haber ocurrido es que hubo pactos o acuerdos de gobernabilidad, o relaciones de complicidad indirecta. El gran desafío probatorio para la Corte será demostrar cuando un político hace parte de la cúpula del paramilitarismo y su estructura orgánica.

Comisión de la Verdad
Pero el revolcón de la Corte no termina ahí. Los magistrados volvieron a poner el dedo en la llaga en los procesos que se les siguen a los ex paramilitares. Primero, cuando anularon la única sentencia que se había producido contra un paramilitar en los tribunales de Justicia y Paz, la del 'Loro'. La misma Corte había autorizado que se fuera juzgando parcialmente a los desmovilizados. Pero en julio pasado se echó para atrás y le dijo a la Fiscalía que no podía imputar delitos de manera individual ni aislada, sino que se tienen que producir sentencias que permitan ver que los crímenes eran sistemáticos y, en el fondo, que permitan ver cómo funcionaba todo el apartado de poder en sus dimensiones políticas, militares, económicas y sociales.

Esa decisión quedó ratificada el lunes pasado con la sentencia que anula también la formulación de cargos de Gian Carlo Gutiérrez, otro paramilitar. Esta vez, la Corte insta a los tribunales de Justicia y Paz para que se hagan juicios colectivos y completos. Aunque la decisión cayó muy bien entre organizaciones de juristas y de víctimas, que creen que así se podrá conocer la verdad que ha sido tan esquiva en las versiones libres, en la Fiscalía hay preocupación.

Muchos fiscales todavía no entienden qué quiere decir exactamente la Corte, y creen que los magistrados están actuando con una dosis muy alta de idealismo, pues es prácticamente imposible hacer un solo juicio para casos como el Bloque Norte en el que se han documentado 26.000 delitos cometidos en 20 años.

Si se tiene en cuenta que son 19 bloques, entonces nunca habrá una sentencia. Muchos temen que Justicia y Paz termine en un laberinto sin salida o que los procesos terminen siendo menos expeditos que en la justicia ordinaria. De hecho mientras en Justicia y Paz no hay una sola sentencia, en la justicia ordinaria se han aclarado más de 1.000 hechos, con igual número de sentencias, gracias a las confesiones de los ex paramilitares. Esto es una enorme paradoja, pues se supone que la justicia transicional debe ser más expedita.

Pero a la Corte no le preocupan tanto los tiempos de los procesos judiciales como el hecho de que la verdad sobre lo que ocurrió con el paramilitarismo se esté embolatando. De hecho, con el argumento de preservar la verdad, la Corte suspendió las extradiciones de paramilitares y guerrilleros, y ahora pide que la Fiscalía no le tome una foto al árbol, sino al bosque.

Los magistrados de la Corte son conscientes de que los procesos judiciales tienen muchas limitaciones para mostrar el mapa completo, y por esta razón le pidieron al gobierno crear una Comisión de la Verdad, como un mecanismo complementario a los que ya existen. Incluso dicen que habría que tomar como base el Grupo de Memoria Histórica, que está trabajando un informe general que se conocerá en 2011 y que tiene varios casos emblemáticos, dos de los cuales -Trujillo y El Salado- ya se han terminado.

Frente a esta audaz propuesta, hay personas que, a pesar de que valoran la importancia de la verdad, creen que crear una Comisión en este momento puede resultar contraproducente. Eduardo Pizarro, de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, cree que es inconveniente mientras el conflicto siga vivo, pues podría generar mayor violencia. "No quememos una futura comisión con una de carácter parcial". Otros como Gonzalo Sánchez, coordinador del Grupo de Memoria Histórica, piensan que aunque no hay clima político para crear en este momento una comisión de esta envergadura, es sano plantearse el debate, porque en Colombia los ciclos de violencia no tienen finales claramente definidos. "Eso lo veo como un grito de angustia de la Corte que siente que la vía judicial no está dejando ver los contextos", dice Sánchez.

Pero si bien los argumentos jurídicos de los magistrados en sus últimas decisiones son creíbles y pretenden corregir fallas que han surgido en la práctica en el proceso de Justicia y Paz, el giro en esta jurisprudencia ha sido leído con suspicacia. Especialmente porque estas tesis no se asumieron al comienzo del proceso sino ahora, cuando hay mayor polarización. En el gobierno y muchos sectores políticos se creía que había empezado el declive de la para-política, y que los juicios de los paramilitares ya se habían agotado, en la práctica la Corte los está reinventando.

Mientras tanto, entre los colombianos se mantendrá seguramente la tensión que nunca se ha podido resolver entre quienes piensan que el país debe desnudar todas sus heridas para seguir adelante, y quienes de manera más pragmática creen que es mejor echarle tierra a esos temas tan difíciles y mirar al futuro.

Publicado por Semana, edición 1430. Fecha 27/09/09

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Criminal sin identidad (Semana)

La sorprendente historia de cómo un delincuente borró sus huellas digitales, asumió la identidad de otros y pagó para que le desaparecieran sus antecedentes en el DAS, la Fiscalía y la Dijín.

Pedro Julio Rueda logró evadir a la justicia por una década con múltiples suplantaciones de identidad, pero fue capturado en un operativo de rutina ante la extraña ausencia de sus huellas digitales. Foto: Semana.
La escena parece sacada de una cruel historia de terror criolla. En el pabellón de los condenados a muerte por los paramilitares esperan seis campesinos cuyo 'delito' era no tener antecedentes penales. Antes de morir, los escogieron como los obligados donantes de sus huellas digitales, en un experimento que buscaba borrar la historia criminal de los paramilitares que las recibirían.

Los hechos ocurrieron en una vereda perdida en los Llanos Orientales, cuando el Bloque Centauros tenía cierto control del territorio. Pedro Julio Rueda Ríos, uno de los que recibió esas nuevas huellas y hoy está en una cárcel de Tolima, le contó la historia a SEMANA.

En la misma improvisada sala, uno a uno eran anestesiados los criminales que se prestaron como conejillos de Indias convencidos de que así podían limpiar su prontuario. "Se hacía el corte profundo hasta encontrar los tendones, que es debajo de la piel, luego sigue una carne. No sé cómo decirlo, no soy médico. Allí se ponían las huellas de la otra persona", cuenta sin mayor asomo de humanidad. "Como se mataban de tres a cuatro personas por día, no había mucha diferencia en decir necesitamos seis u ocho para quitarles las huellas y experimentar... Yo me ofrecí porque ya tenía tres órdenes de captura y me serviría intentarlo", comenta tratando de justificarse.

Según Rueda Ríos, colocaban las huellas recién extirpadas en un líquido y rápidamente se hacía el procedimiento. Pero el experimento fue fallido, su cuerpo las rechazó, tuvieron que hacerle quemaduras profundas en todos los dedos, aguantar que lo tuvieran que atender hasta en sus necesidades más básicas y esperar "de cinco a seis meses para volver a coger un fusil".

Corría 2003, y aunque no había cumplido su cometido, desde ese momento quedó marcada su historia. Dos años después decidió desertar, aburrido de ser sepulturero y patrullero de los paras -"no es nada lo que pagan y muchas las maldades que toca ver"-, y volvió a su actividad original de ladrón, en la cual se considera todo un profesional.

Comenzó a sus 25 años, en 1998, robando motos en Ibagué y Bogotá. Pero su habilidad y su falta de escrúpulos pronto lo llevaron a las grandes ligas de robos a bancos, casas de cambio y residencias lujosas. Así protagonizó atracos a bancos en Girardot y Barrancabermeja, de donde salieron las órdenes de captura con su fotografía -tomada de los videos de seguridad- y su identificación gracias al trabajo de los investigadores. Pero después del frustrado trasplante que lo dejó sin huellas, ahora podía ser cualquier persona. Igual nadie le podía probar plenamente su identidad, y siempre lo podía negar.

Se hizo experto en apropiarse de identidades ajenas. "Buscaba conocidos o personas pobres de más o menos la edad y les decía, présteme su nombre. Le explicaba que yo mandaba a hacer todo y les daba iniciando tres o cinco millones de pesos. Si es una persona realmente humilde, pobre, entonces no hay problema. Para ellos es un futuro completo". Así, asegura, comenzó a 'chapearse', como se dice en el argot criminal. Con la foto de él, pero los datos de la otra persona, buscaba expertos que le hacían todo el 'kit', como él lo llama: cédula, pasado judicial, licencia de conducción, carné de EPS, y así tramitaba la licencia de porte de armas y con algún contacto las compraba 'legalmente' en Indumil.

"Lo más duro es en los retenes. Por eso hay que andar armado para que se concentren en los papeles del arma, que están en regla, y no le ponen mucha atención a lo demás", comenta. Fueron al menos seis identidades en esos años "porque uno no sabe la gente cuándo cambia (refiriéndose a los dueños de la identidad), lo mete a uno en problemas y termina uno pagando por el del nombre verdadero. Míreme a mí, yo venía de ser soldado profesional y luego trabajé en una empresa de vigilancia, y cambié eso para convertirme en delincuente".

Pero al buscar armas más especializadas, le exigían más requisitos. "Quería una pistola Jericó con mira infrarroja, pero como no es común que la autoricen a civiles me recomendaron usar el nombre de un policía". Y sin saberlo, un agente que hoy presta servicio en Manizales quedó por cuenta y gracia de este delincuente con un clon.

A mediados del año pasado, Rueda Ríos viajaba con esa nueva identidad. Paró en la plaza de Espinal, Tolima, y alguien que lo vio armado llamó a la Policía. Él trató de hacer el mismo show de siempre pero le falló. Los agentes lo condujeron a la estación y sospecharon aún más cuando fueron a verificar las huellas. Pidieron la información a la Registraduría de la persona que figuraba en la cédula y al poco rato llegó la foto del verdadero dueño de esa identidad.

Pese a esto, durante meses lo investigaron con el nombre falso, pues no había cómo saber quién era. "Me sacaron muestras de la lengua, del pie, una placa dental y nada concordaba", dice.

Aun así, temiendo que descubrieran su verdadera identidad mientras estaba en la cárcel, activó su red de contactos para mantener su nombre original limpio en los archivos de las autoridades. Buscó al que él llama su contacto en Paloquemao, quien es el mismo que le suministraba documentos falsos, para que le ayudara a borrar sus antecedentes. "El caso mío me valió 14 millones en el DAS, 16 millones en la Fiscalía y 14 millones en la Dijín", esto se hizo a finales del año pasado. Efectivamente, en la búsqueda hecha en la Fiscalía hasta el cierre de esta edición no había aparecido ningún registro de Rueda Ríos, y en las otras entidades no suministraron la información.

No tuvo forma de parar el proceso por falsedad en documento y porte ilegal de armas que lo tenía tras las rejas. Cuando hizo las cuentas de lo que pagaría de prisión por esos delitos con una identidad falsa y sin posibilidad de rebaja de penas, fue cuando cayó en la cuenta de que para él resultaba mejor negocio confesar los delitos de sus órdenes de captura, buscar una rebaja y limpiar su verdadera identidad. Con porfiada confianza en sus cálculos concluye "era seguro que me condenaban con mi identidad falsa y nadie me iba a dar rebajas. Tenía que pagar unos cinco años. Si confieso los delitos pasados seguro me dan una condena más alta pero con las rebajas se traduce en lo mismo y ya limpio mi verdadero nombre".

Vea el video del testimonio de Pedro Julio Rueda Ríos.

Publicado por Semana, edición 1429. Fecha 19/09/09

 
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